Nervios de acero y organización a toda prueba, para
quienes administran. Para muchos es la única opción de recibir una
platica para el fin de año. Una práctica con miles de
asociados muy popular en Medellín.
Por
Laura Victoria Botero Berrío
La natillera, como la natilla, se saborea en diciembre.
Ese es el mes de bolsillos gordos y satisfacer antojos. Las
primeras semanas del último mes son de puro goce para los
que reciben el fruto de su constancia durante el año.
Son, también, días de respiro para quienes con
organización y disciplina, se dedicaron a administrar el ahorro de los
afiliados a ese fondo común que en Antioquia denominamos
natillera.
Ellos respiran porque, temporalmente, se acaba la tensión
de velar porque el ahorro de un puñado de amigos, familiares
o conocidos, tenga rentabilidad.
Las natilleras, que según un estudio de la Fundación
Universitaria Luis Amigó, surgieron durante los años veinte en el
Valle de Aburrá, tienen un ritual conocido para muchos:
Cada afiliado realiza su aporte según la frecuencia
establecida, semanal o quincenalmente. Hay quienes ahorran
desde cinco mil, hasta 150 mil pesos quincenales.
La rentabilidad depende de la cantidad de ingresos
adicionales que se reciban y el afiliado elige de cuánto hacer su
aporte. Estos ingresos se obtienen por intereses al dinero
que se ha prestado, o por actividades adicionales, que
pueden ser desde rifas, bazares y bingos, hasta la venta
de obleas y empanadas.
"Lo duro es cobrar", dice Jaime García,
administrador de una natillera que tiene 40 asociados y existe hace 15
años.
La parte maluca
Para este experto, la tarea se hace ingrata durante un par
de meses cada año, cuando su responsabilidad es recoger
los recursos de los asociados que en el año han estado
generando intereses por préstamos.
Jaime García, quien se desempeña como coordinador de
servicios en una estación de gasolina en El Poblado, empezó su
natillera con un grupo pequeño, de tres amigos. Unos le
contaron a otros y ellos a otros hasta que el grupo superó los 40
ahorradores.
Los juegos adicionales
Desde hace varios años los miembros de la natillera de
García decidieron que las actividades adicionales no iban a
hacer parte de su natillera. "Como soy testigo de
Jehová, no puedo participar en actividades de azar. Decidimos que la
manera de obtener rentabilidad es con los intereses de los
préstamos, que son de cinco por ciento mensual", dice.
Y ese interés no le duele a Carmen Rosa Ortiz, quien
asegura que gracias a la natillera ha podido salir de muchos
aprietos económicos, además de gozar de unos pesos
adicionales en diciembre.
"Para muchos de nosotros la alternativa de ahorrar en
fondos particulares o en bancos no es interesante. Es más
complicado, cuesta más, si uno se atrasa lo
reportan", dice Carmen Rosa.
Para ella, trabajadora independiente que vende ropa y
productos de belleza, esta alternativa es más que ventajosa.
"Asumo la plata de la natillera como una prima que me
gano en diciembre. Y eso es una bendición".
Merlyn Álvarez administra una natillera de amigos en el
barrio Doce de Octubre. Coincide con que la tarea de cobrar es
compleja y dispendiosa, pero asegura que como los
préstamos se hacen con fiador, es más fácil controlar el pago y
asegurar que alguien responde. "Por eso no prestamos
más de lo que el afiliado puede ahorrar al año".
Merlyn administra natilleras porque en su familia la
práctica es habitual. Su esposo tiene una natillera grande en el
trabajo, su cuñada maneja otra.
Ella, que alterna la tarea con su trabajo en una
peluquería, dice que las actividades adicionales no son una opción.
"Es
demasiado trabajo y dejan poca ganancia". También ha
notado que el ahorro asociativo en esta modalidad es más
frecuente en los estratos medios y bajos, pero sabe que
hay grupos de gente con ingresos de varios millones.
Otro caso es el de la natillera de una empresa de diseño
editorial, basada en el exclusivo sector de la Milla de Oro. Los
asociados son profesionales, en su mayoría chicas
jóvenes para las que el mayor encanto reside en las actividades.
"Hacemos bazares y subastas, uno trae libros, música
o ropa y la dona, luego se rematan. Lo que se gane es para la
natillera. También hacemos algos o desayunos semanales.
Un asociado se hace cargo de comprar las cosas y cada
uno debe pagar por el algo. La ganancia va toda a la
natillera". explica una de las participantes que pidió reserva de su
nombre.
Así es el ritual semanal, o quincenal de arañarle unos
pesos al presupuesto. Las ganas de natilla se aguantan hasta
diciembre.
Una historia con décadas de éxito
Las natilleras nacieron con el florecimiento industrial
del Valle de Aburrá. En esa época, los grupos de trabajadores de
cada fábrica creaban fondos comunes mediante los cuales
se anticipaban a gastos imprevistos. Poco a poco, esos
fondos empezaron a llamarse natilleras porque servían
para la natilla, los buñuelos o gastos de diciembre.
Pasadas las décadas, las natilleras familiares ampliaron
su espectro para convertirse en un programa de ahorro del
vecindario con sumas considerables de ahorro y
capitalización. Los analistas aseguran que la natillera es el primer paso
para la creación de una cooperativa.
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